MI PRIMERA MENSTRUACIÓN

Por: Ana Berrio

Tenía 12 años cuando me bajó la menstruación por primera vez. Recuerdo que claramente sabía lo que tenía que hacer, así que, me dispuse a hacerlo. Busqué un protector íntimo, lo coloqué en mi ropa interior y corrí a contarle a mi padre. Él estaba arreglando el jardín de nuestra casa y fue tanta mi emoción ante el acontecimiento, que me asomé a la terraza y decidí gritarle a toda voz lo sucedido… Mi padre me miró y se sonrió. Me preguntó si sabía qué debía hacer y respondí: ¡Por supuesto!

Llevaba tantos días esperando ese momento, al fin me convertiría en una mujer. Iba a estar a la altura del resto de mis amigas que ya tenían un cuerpo bien formado y se les notaba un aire de superioridad al caminar.

Así que, al día siguiente me alisté, desayuné y me fui a la escuela, oronda y feliz, como quien guarda un secreto mágico y poderoso… Pasé toda la mañana activa, conversando con mis amigas y contoneándome por el patio del instituto; luego, en pleno salón de clases, pasó lo peor. Alguien había notado una mancha roja en mi pantalón y antes de que pudiera siquiera voltear a ver qué pasaba, todos mis compañeros de clases estallaron en risa. Pude notar cómo me señalaban y hacían correr la noticia del acontecimiento, como si fuese un tsunami que de pronto arrasaría con toda la alegría del suceso. “Mi gran secreto estaba expuesto” y yo sentía mucha vergüenza…

Hoy, si pudiera hablar con esa niña, le diría tantas cosas… Le diría que no hay nada de qué avergonzarse. Lo que estaba pasando era producto de la ignorancia de otros, una ignorancia que hiere y nos ha perseguido durante siglos. Le contaría de mis abuelas que tenían que lavar sus compresas a escondidas. Le diría que la única sangre sucia es la que se derrama con violencia, que no hay que sentirse culpable por sangrar. Le explicaría que somos mujeres y que las mujeres somos cíclicas y maravillosas; que mes tras mes su cuerpo sangrará y que no hay vergüenza, ni culpa en ello; es biología, es anatomía, es química y es magia.

También, le contaré que el mundo cambiará, que en el futuro habrá espacios de educación sexual para chicas, que las mamás entenderemos la importancia de educar a niñas y niños sobre sexualidad; que la menstruación femenina dejará de ser motivo de vergüenza para convertirse en lo que siempre ha sido, un proceso natural cíclico y hermoso, que da origen a la oportunidad de convertirnos en madre, que nos recuerda el proceso maravilloso de la vida; que las mujeres nos uniremos y haremos comunidad, que unidas somos más fuertes y capaces de vencer al único enemigo “la ignorancia”… Todo eso le diría.

Esta es mi historia, que frente a la historia real de miles de mujeres que hoy en día siguen escondiéndose para lavar sus compresas, obligadas a guardar distancia cuando menstrúan humilladas y maltratadas, es solo un cuento de hadas.

Es hora de ponerle fin a estas situaciones. La educación sexual empieza desde casa y es urgente e importante que empecemos a ver la sexualidad, la anatomía, los procesos y la vida misma como lo que es; por lo tanto, pongamos nombre a las cosas, eduquemos a nuestras niñas y niños, y hablemos con la verdad. Además, demos espacio a la reflexión, dejemos que nuestras niñas tengan criterio propio para afrontar las situaciones venideras y enseñemos para la vida desde el amor y el conocimiento, no desde el miedo, el tabú, la ignorancia. De esta manera, podemos lograr que ninguna niña más, vuelva a sentir vergüenza de su cuerpo, de su proceso y de su sexualidad.

Este artículo fue publicado en la tercera edición de la Revista somos Mujer, en agosto del 2020, año en que surgió la pandemia por el Covid-19 su edición se realizaba en formato PDF y se distribuía por WhatsApp y correo electrónico.

Por: Ana Berrio,
Sexóloga Especialista, Terapeuta Sexual y Coach Sexual

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