Como un militar, en punto a la cita acordada. Vestía ropa ligera que recordaba el nuevo desempeño del Coronel. «Ahora, Soy un Civil, con mucho por aportar y compartir las historias de los días de la Dictadura o del Legado Militar».
Usted, parece un nacional que ha recorrido cierto nivel de libros y de asuntos intelectuales; siendo así, ¿Por qué decidió ser un militar en Panamá?
Mira, yo mismo opiné igual cuando era un adolescente guiado por mi padre, educador, a leer desde niño; comenzando naturalmente por los llamados “Paquines”, y luego por libro de aventuras tipo “La Isla del Tesoro”, creo que de Robert Louis Stevenson, o “Las Aventuras de Hucleberry Fint”, de Mark Twain, de puras aventuras propias de niños púberes, en mi tiempo; o luego, la saga de Alexandre Dumas, “Los Tres Mosqueteros” (que hasta hoy llevan al cine) y las siguientes dos obras del mismo autor: “Veinte Años Después” y el final “El Vizconde de Bragelone”, con los cuales mi padre, que sabía mi gusto por leer, busca engancharme de algún modo con lo literario, buen maestro.
En los libros del francés, obvio que a los 11 o 12 años no puedo digerir lo que Dumas trata de decir o insinuar sobre aquella corte de los Luises. Ni lo pleitos de esa corona con el Vaticano o su Cardenal Richeliu, pero me encamina a hurgar en la historia. Por esa vía sigo leyendo, todo lo que mi papá, con modestos recursos provincianos lleva a su anaquel de libros, a la vista de todos mis hermanos.
Exploré con deleite los tomos de “El Tesoro de la Juventud”, con sus parcelas de temas variados, de ciencia, ficción y asuntos de la naturaleza. Luego, me entraron ganas de leer también poesías, y como todos los novatos comienzo con lo nacional, Ricardo Miró, Gaspar Octavio Hernández, Amelia Denis de Icaza, Demetrio Korsi, y otros. Hasta que salto a poetas más internacionales, en escala: Rubén Darío, Gustavo Adolfo Bécker, en fin, lo romántico.
Pero seguro que alguna mano me acerca a poetas más sociales, de Panamá, Demetrio Herrera Sevillano, con su poema “pasan cuartos, cuartos, cuartos, cuartos, donde no entra el sol, que el sol es aristocrático”. Tal vez mi hermano, Noé, Licenciado en Filosofía y Letras, fallecido prematuramente, sea proxima, al ver mi afición, a poetas más “duros o menos románticos”: encuentro a Federico García Lorca, que navega entre su sensual poema “La Casada Infiel” y sus metáforas cálidas como “sus muslos se me escapaban, como peces sorprendidos, la mitad llena de lumbre, la mitad llena de frío; sucia de besos y arena yo me llevé del río”.
De esos versos casi explícitos para la época conservadora, Lorca con la maestría de sus metáforas aclamadas, se va hacia lo político y cuenta a su modo poético lo crudo de la Guerra Civil de España. Aún no desclasificado, como por ejemplo sus líneas: “Guardias Civiles borrachos, por las puertas golpeaban». De Chile, es obvio que me colocan a Pablo Neruda y sus famosos “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”; del Perú, el telúrico César Vallejo, con ese verso kafkiano, que dice “Hay golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé. Golpes como del odio de Dios, como si ante ellos la resaca de todo lo vivido se empozara en el alma, yo no sé”. Incluso merodeé por la poesía, y a los 13 años, impactado por los periódicos y la radio, ante el hecho político de que el Dr. Arnulfo Arias había declarado de su puño y letra, y solo avalado por su Gabinete, la derogatoria de la Constitución de 1946, y la vigencia de la Constitución de 1941, hecha por él y sus asesores.
Para gobernar con mano dura, disolviendo además el parlamento y la Corte Suprema en un acto arbitrario, que dejó una estela de muertos y heridos, al mandar el Coronel Remón, apoyado por los clanes liberales que eran enfrentados y diezmados escribí mis primeros versos políticos. Mi padre al leerlos los hizo publicar en La Estrella de Panamá, con sus contactos.
Si bien no los memorizo todos sus párrafos, recuerdo estos: – “Los acontecimientos del diez(de mayo- 1951) son algo trascendental… pues murieron diecisiete, y uno más, recuerdo mal… Arnulfo Arias, un señor, hombre de mucho talento, quería hacerse dictador, y bailaba de contento. Pero al ver que Vallarino (segundo comandante)no lo quería respaldar y Florez (tercer comandante) también le dijo “No mi amigo, esto anda mal”… Entonces se fue solito diciendo que “todavía” pues el tenía más jueguitos y ninguno lo sabía…»
Eso muestra que aun en el inicio de la adolescencia me gustaba lo político, no de partidos, lo político… aunque mi padre era liberal y, por tanto, anti arnulfista, pero sin muchas capacidades de influir. Él era un educador con muchos compadres del campo y por eso era muy buscado por gamonales políticos de la capital.
Al escuchar su narración, nos llena más de asombro, ¿cómo, si ya leía y hasta escribía, por qué decide continuar la formación militar?… ¿Qué opinión merecían los militares que veía o conocía, o de los cuales sabía algo por medios de prensa?.
Francamente, me parecían bastante brutos, y rudos, y groseros, y que apaleaban apersonas que yo admiraba en mi pequeño pueblo, Santiago, de tal vez unos 5 mil pobladores. Es que mi casa era de educadores, como la de Omar Torrijos, y mira que mi padrino de bautismo, que jamás conocí porque parece que tuvo muy poco en Veraguas fue el primer director de la entonces mayor edificación educativa en infraestructuras y en profesorado; fue el Doctor chileno Moisés Alvarez, llegado hasta Santiago perseguido por ideas políticas, como también llegaron desde España, huyéndole a Franco, profesores de la talla de Benito Pabón y otros.
Todos ellos convirtieron la Placita de Santiago, además de las aulas de clases, en un laberinto de ideas sociales en una región controlada por 2 o 3 terratenientes y en un área geográfica con pobreza extrema y crudo analfabetismo de un 80%. Es curioso, en esa época, de mis 14 años, mi mejor amigo era Polidoro Pinzón, combatiente del Cerro Tute, donde cae muerto entre otros su hermano mayor Rodrigo Pinzón, luego de emboscar con éxito al Capitán Omar Torrijos a quién hirieron antes de ser baleados por la tropa. Con Polidoro saboreábamos versos como:
“Míralos por donde vienen, por la avenida central, a la cabeza un esbirro con grado de capitán… caballos sobre caballos por la avenida central”. No recuerdo el juglaro poeta que inventó esos versos para señalar las crueles represiones de estudiantes, especialmente de las salidas revoltosas y muy dignas de los Institutores, a los cuales les echaban la Caballería y gases.
Hubo otro verso, de un centroamericano, que luego, confinado en mi celda en solitario, recordé a mi salida apasionada y mediática de mi carrera militar de más de 26 años, en la Cárcel Modelo: “De cárcel en cárcel voy, guardia y yo, todos armados, cada cual con su instrumento… ellos van con sus fusiles, y yo con mi pensamiento».
Nuevamente, nos llena usted de asombro y contraste: ¿Por qué no se fue por la carrera de la filosofía, la pedagogía o las letras?, ¿cómo aceptó que lo encerraran en un colegio militar, con sus ideas que sobresalían desde casi niño o al menos en su adolescencia?
Mira, eso es como de la mano de Dios; no tengo más explicaciones. ¿Por qué?. Porque nunca busqué ser un militar, desde los 12 años expresé mi deseo de ser un abogado y de hecho, a los 13 o 14 ya el Licenciado Marcelino Jaén, casado con mi prima Victoria (Toya) Torrijos, me dio empleo como un secretario de fin de semana, sabiendo que yo escribía y mecanografiaba bien en la máquina Underwood de mi padre; parece que no encontró alguien más que le sirviera para atender casos de fines de semana, campesinos con líos de tierras.
Me dio las llaves de una pequeña oficina de 4 por 4 metros, y yo le recogía documentos a los campesinos, que él les había pedido, y se los guardaba para verlos y hacer trámites cada sábado y domingo. Me propuse ser abogado. Me dije: “A mi papá le pagan solo cada quincena y gana poco, no le alcanza para mucho, mi tío Marcelino gana más plata”.
En verdad, lo que si no quería era ser maestro, pero era la única opción que había en un hogar de 9 hijos, y un indígena criado por mi padre. Donde mi madre, maestra sin título, al quedar sin empleo, por la llegada de graduados de magisterio, que da haciendo pan en un horno de leña, y esa casa tenía comida, ropa básica, el mejor pan de Santiago, pero no economía para mandarme a la capital a seguir secundaria y ser bachiller.
Luego de mi noveno grado o “Primer Ciclo”, como se le llamaba, lo único que hice fue presionar a mi padre a que no me obligara a entrar a la Escuela Normal y ser maestro de primaria. “Todo el mundo era eso, y yo no quería ser como todo el mundo”.
Mi papá se puso serio, bravo más bien, y me dijo: “no tengo plata para mandarte a la capital». Le dije, muy comprensivo, “No se lo pido, padre; solo no me obligue a ser maestro”. Más severo me cuestiona: ¿”que tienes contra los maestros”?. Le respondo: “Nada, los admiro, pero no quiero ser solo eso”… Mi crisis generacional primera.
Como me comprometí con él a “buscar trabajo” (cosa que no creyó posible, viendo a ese muchachito de poca edad y corpulencia) le sorprendí porque mi tío Enrique Díaz- Arnulfista, pero que nos quería, al comprobarle yo que escribía bien a máquina, me nombró, para asombro de mi papá, como “Oficial Escribiente del Registro Civil, del Municipio de Santiago”.
Y, para más asombro familiar, con un sueldazo de 75 balboas al mes, y mi papá tal vez ganaba como educador unos 100 balboas luego de muchos años. Esa “proeza”me puse en camino de nuevos escenarios. Calculé dar a mi casa un 30 % de mi cheque; para mis gastos un 15%, el resto para ahorrar y al año irme a la capital a donde alguna tía o prima mayor y dar algo para comida y hospedaje y hacer mi bachillerato.
Pero “todo se derrumbó por buenas razones”… Mi papá, con ese nuevo cheque en casa, bien grande, pagó más lo fiado, compró mejor comida, me llenaron de buena ropita, y zapatos, bien “pretty” y me daban para extras.
Pero mi plan se esfumó. Y ante eso, satisfecho de ayudar, orgulloso de ello; pero preocupado de quedarme con un noveno grado y trabajando tan muchacho, me dio por la idea, alocada, de escribirle a todos los presidentes latinoamericanos, por teléfono alcaldicio preguntaba por nombres y direcciones, y a todos les mandaba cartas de estilo donde les pedía, como un guion repetido, pero disimulado como cartas personales “una beca en su hermoso país, con ropa, zapatos, casa y comida”.
Mi padre sea asombraba más. Era una solemne ocurrencia pedir una beca para “terminar secundaria”. Eso no era petición normal, era más bien anormal. Las señoras, dos, del correo, casi disimulaban su risa cuando yo, orondo, ponía los sellos dirigidos a varios presidentes y con mi encargo (tenía reales) de que las cartas fueran “aéreas y recomendadas”, algo que salía más caro.
De ese modo, me contestaron, de 4 presidencias, no con firma del mandatario, algún secretario o secretaria privada y un texto bien formal: – “Muy estimado joven : Acusamos recibo de su atenta misiva y cuánto lamento decirle que no hay convenios bilaterales entre nuestros dos países; por ello, deseamos que en épocas posteriores, cuando haya terminado su secundaria completa, podamos revisar sus aspiraciones”.
Cuando ya, en un tiempo como el de hoy, marzo bien entrado como la sequía, estando regando una huerta de mi madre en Las Barreras, de aserío aledaño, la voz campesina y amistosa de Luciano, peón de mi padre, me gritó – “Roberto (así como suena), dice tu papá que vayas allá”, solté mi lata de agua, me entró un clic bueno y salí disparado… Mi padre con evidente cara de asombro, me entregó un “Telegrama” (tema de Ripley, porque ningún chiquillo del mundo a los 14 recibe telegramas) No me lo abrió. Me respetó “la inviolabilidad de la correspondencia” y no lo abrí sino en mi cuarto. Un ratito después se lo entregaba a mi padre y maestro. Decía textualmente:-Roberto Díaz Herrera, Santiago. “Pana emba en Lima… (siglas de la embajada entonces. (¿cuándo soñaba que yo sería algún día embajador en el Perú?)… Le informa que usted ha sido beneficiado con una beca para estudiar en el Colegio Militar Leoncio Prado de Lima, Perú. Para mayor información sírvase apersonarse a este despacho. Firmado: Dr. Camilo Levy Salcedo, Director de Protocolo y Ceremonial del Estado. Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Panamá”
Fue la primera y más sabrosa taquicardia juvenil. Nos dijo el Militar, con una sonrisa dibujada en su rostro. Una sensación de seguir escuchándolo, pero tenía una visita desde Bogotá.
Ahora, recibía una preparación pragmática de Medicina Natural-Homeópata para la sanación física. ¡Una nueva faceta de Roberto Díaz Herrera, el Coronel!

Rosemarie Acosta Lugo, es asesora de Comunicación Corporativa y catedrática universitaria
Master en periodismo investigativo y literario, actualmente se desempeña como presidenta de la Federación de Mujeres Periodistas y Relacionistas Públicas- FEMUPERP
femuperp@femuperp.org
