El planchado de senos, una brutal práctica cultural en África Occidental, inflige dolor físico y trauma psicológico a las niñas desde una edad temprana. Este artículo explora cómo una tradición que busca ‘proteger’ a las menores perpetúa la violencia de género y por qué es urgente erradicarla. La lucha por los derechos de las niñas exige una respuesta global decidida y efectiva.
El planchado de senos, una práctica arraigada en algunas comunidades de África Occidental, especialmente en Camerún, ha captado la atención internacional debido a su naturaleza profundamente violenta y sus devastadoras consecuencias para las niñas y mujeres jóvenes. Este procedimiento, que implica aplicar objetos calientes como piedras, palos o utensilios de cocina sobre los pechos en desarrollo de niñas tan jóvenes como de ocho años, busca, según sus defensores, retrasar el crecimiento de los senos para proteger a las niñas del acoso sexual y de matrimonios prematuros. Sin embargo, esta tradición, aunque perpetuada con la intención de salvaguardar a las menores, no es más que una forma brutal de violencia de género que necesita ser abolida.
Desde una perspectiva feminista, es crucial entender que las prácticas culturales no deben ser excusas para justificar abusos. Las tradiciones y costumbres deben evolucionar con el tiempo, especialmente cuando comprometen la salud física y mental de las personas. El planchado de senos es un ejemplo de cómo una cultura puede perpetuar el control y la dominación sobre los cuerpos femeninos, en este caso a través del dolor y el trauma. Las niñas no deben ser moldeadas, literalmente, para ajustarse a una narrativa que pretende protegerlas, pero que en realidad solo las somete a nuevas formas de violencia.

Comenzar esta práctica a una edad tan temprana, entre los 8 y 10 años, priva a las niñas de su derecho fundamental a la integridad física y las somete a un trauma que podría evitárseles con una educación adecuada y un entorno de apoyo. La idea de que el acoso sexual y los matrimonios prematuros pueden evitarse mutilando o alterando el cuerpo de las niñas es una falacia peligrosa que perpetúa la victimización. En lugar de culpar a las víctimas, las sociedades deberían centrarse en erradicar las actitudes y comportamientos que perpetúan la violencia de género.
Es revelador que esta práctica sea llevada a cabo principalmente por mujeres de la familia, como madres y tías. Esto podría parecer un acto de protección, pero en realidad es una manifestación de cómo las mujeres, también, pueden ser agentes de estructuras patriarcales que han interiorizado. Ellas perpetúan una tradición dañina bajo la creencia errónea de que están protegiendo a sus hijas de males mayores. Sin embargo, al infligir dolor físico y trauma emocional, no están protegiendo a sus hijas, sino contribuyendo a un ciclo de violencia que debe ser detenido.

Los métodos utilizados para el planchado de senos son, sin lugar a dudas, formas de tortura. Usar objetos calientes para quemar y alterar el cuerpo de una niña es una forma de abuso físico y psicológico que deja cicatrices visibles e invisibles. Las consecuencias físicas de esta práctica son devastadoras: quemaduras graves, infecciones, daños permanentes en los tejidos mamarios y complicaciones que afectan la lactancia en el futuro. Más allá del dolor físico, las repercusiones psicológicas, como la depresión y la ansiedad, persisten a lo largo de la vida de las víctimas, dejando secuelas emocionales que pueden ser tan profundas como las cicatrices físicas.
A pesar de la justificación cultural de que un cuerpo menos desarrollado protege a las niñas de la atención masculina no deseada, esta práctica refuerza la idea de que el problema radica en el cuerpo de las niñas y no en el comportamiento de los hombres. Esta perspectiva no solo es incorrecta, sino también profundamente injusta. Educar a las niñas para que se escondan o alteren sus cuerpos es educarlas para aceptar que la violencia en su contra es inevitable y, por tanto, es su responsabilidad prevenirla. En cambio, lo que necesitamos es un enfoque que promueva el respeto hacia las niñas y mujeres, que eduque a todos sobre los derechos humanos y el consentimiento, y que desafíe las nociones dañinas de la masculinidad que normalizan el acoso y la violencia.
No existe evidencia alguna que respalde la idea de que el planchado de senos efectivamente protege a las niñas del acoso o de los matrimonios tempranos. Al contrario, esta práctica perpetúa mitos dañinos que desvían la atención de soluciones más efectivas y humanas, como la educación en igualdad de género, la creación de entornos seguros para las niñas, y la implementación de políticas que promuevan el respeto y la protección de los derechos de las niñas. La violencia no puede ser la respuesta para prevenir más violencia.

A nivel internacional, la práctica del planchado de senos ha sido reconocida como una forma de violencia de género y una violación flagrante de los derechos de las niñas. Debe ser tratada con la misma urgencia y condena que otras formas de mutilación y abuso, como la mutilación genital femenina. En muchos países, estas prácticas han sido prohibidas y son objeto de políticas de intervención firmes. El planchado de senos debería recibir la misma atención y urgencia para ser erradicado.
La presencia de esta práctica en comunidades migrantes en Europa, con casos documentados en el Reino Unido, subraya la necesidad de una intervención global. La erradicación de estas prácticas no debe limitarse a sus países de origen; es esencial proteger a todas las niñas, sin importar dónde vivan, de cualquier forma de violencia. Es fundamental que los programas educativos y legales se implementen no solo en los países donde esta práctica es más común, sino en cualquier lugar donde las niñas estén en riesgo.
Es momento de reconocer que el planchado de senos, como cualquier forma de violencia de género, no es una solución, sino un problema. Las comunidades deben ser apoyadas en la búsqueda de alternativas que no recurran a la violencia y que, en cambio, empoderen a las niñas y mujeres jóvenes para vivir sin miedo. Educar, concienciar y legislar son los pasos necesarios para asegurar que ninguna niña, en ninguna parte del mundo, tenga que sufrir en nombre de una protección que es, en última instancia, un mito cruel.
El feminismo nos enseña a desafiar estas prácticas, a cuestionar las tradiciones que perpetúan el sufrimiento y a defender los derechos de las mujeres y niñas a vivir una vida libre de violencia. Esta lucha no es solo por las niñas de Camerún o de África Occidental; es una lucha por todas las niñas y mujeres, en cualquier lugar, para que puedan crecer y desarrollarse sin miedo, en un mundo que respete su dignidad y su humanidad.
