La Voz del Oráculo de Liv Strömquist: La Trampa del Bienestar y la Autenticidad

Vivimos en una era donde el bienestar personal se ha convertido en una obsesión. Desde cómo cargar el móvil hasta la mejor postura para sentarse, los consejos sobre cómo vivir de manera «correcta» inundan nuestro día a día. La sensación de no estar haciendo lo suficiente nos persigue. Parece que siempre hay algo que mejorar, algo que optimizar. Y cuando no lo hacemos, nos enfrentamos a una frustración crónica.

Por: Alexandra Patiño Hurtado

Este fenómeno no es casual. Surge en un contexto donde la precariedad laboral, la falta de acceso a la salud mental y las exigencias constantes del sistema nos obligan a buscar soluciones individuales a problemas estructurales. La proliferación de contenidos sobre el bienestar personal responde, en gran parte, a la necesidad legítima de gestionar una vida cada vez más estresante. No es solo una moda; es una respuesta a un entorno que nos exige más de lo que podemos dar.

Sin embargo, no podemos ignorar el peligro de individualizar en exceso estos problemas. La narrativa dominante en redes sociales y en los libros de autoayuda insiste en que el cambio comienza por uno mismo. «Si cambias tu mentalidad, cambiarás tu vida». «Rodéate de personas positivas». «Trabaja en tu energía». Y aunque el empoderamiento individual es clave en muchos procesos personales, esta visión deja de lado el papel de la sociedad. No todo puede resolverse con una mentalidad más optimista o con técnicas de productividad. Existen desigualdades estructurales que requieren respuestas colectivas, y sin ellas, cualquier solución será superficial.

El problema no es la búsqueda del bienestar. Históricamente, los movimientos feministas han luchado por el derecho al autocuidado, especialmente en sociedades que han asignado a las mujeres el rol de cuidadoras sin reconocimiento. Cuidarse a sí misma no es egoísmo; es resistencia. Lo que sí es preocupante es que este mensaje se desvincule de cualquier noción de cambio social y se convierta en una estrategia de mercado, donde la felicidad parece estar a la venta en forma de cursos, terapias y métodos infalibles.

A esta obsesión por el bienestar se suma una nueva trampa: la autenticidad extrema. En un mundo saturado de imágenes editadas y discursos calculados, parecer genuino se ha convertido en un activo valioso. Sin embargo, esta búsqueda de la autenticidad ha tomado un giro peligroso. Hoy en día, la sinceridad se confunde con la falta de filtros, con decir lo que sea sin medir consecuencias. Desde reality shows hasta discursos políticos, se aplaude la espontaneidad, incluso cuando esta se traduce en ataques, desinformación o violencia verbal.

Liv Strömquist, la historietista sueca, aborda esta cuestión en una entrevista con el periodista Javier del Pino en su programa A vivir que son dos días de la Cadena Ser, donde expresó cómo este bombardeo constante de consejos sobre el bienestar personal solo puede generar frustración. En su último ensayo gráfico La voz del oráculo, Strömquist señala: «Vamos por ahí con la sensación permanente de que podríamos hacer algo más. Se crea una tendencia en la que nos sentimos un fracaso crónico por no hacer lo suficiente por nuestra salud, por no optimizarnos a nosotros mismos». Para ella, este discurso se convierte en un ciclo agotador, donde nunca es suficiente lo que hacemos.

Liv Strömquist

El problema no es mostrarse vulnerable. De hecho, las redes han permitido visibilizar cuestiones antes silenciadas, como la violencia de género, la salud mental o el acoso laboral. Pero no toda autenticidad es positiva. En el ámbito político, por ejemplo, hemos visto cómo ciertos líderes utilizan este discurso para justificar su agresividad o su desprecio por los derechos humanos. No es que sean sinceros, es que han encontrado en la falta de filtros una herramienta para manipular audiencias y fortalecer narrativas populistas.

Strömquist también habla sobre cómo este fenómeno se extiende a figuras públicas y reality shows. Menciona el caso de Montoya, participante en La isla de las tentaciones, cuyo supuesto desgarro emocional se viralizó en redes. Este tipo de «autenticidad», que parece sincera pero en realidad es una estrategia manipulativa, es peligrosa. “Retratarse a uno mismo sin ningún tipo de filtro, aunque sea de manera negativa, diciendo algo tremendamente ofensivo hacia alguien o empleando un lenguaje grosero, la gente lo percibe como algo positivo porque resulta auténtico”, explica Strömquist.

El reto, entonces, es doble. Por un lado, necesitamos reconocer la importancia del bienestar sin caer en la trampa de la autoayuda que nos individualiza y nos aleja de las soluciones colectivas. Por otro, debemos entender que la autenticidad no es una excusa para el discurso irresponsable. Ser genuino no significa renunciar a la ética ni a la empatía. Entre la autoexigencia del bienestar y la banalización de la autenticidad, queda un espacio para la reflexión crítica. Un espacio donde el cuidado personal y el cambio social pueden, y deben, ir de la mano.

Alexandra Patiño
Es administradora de empresas, y defensora de los derechos humanos

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