Cada 8 de marzo recordamos que derechos hoy naturalizados, como votar, estudiar, trabajar y participar en la vida pública, fueron durante mucho tiempo negados a las mujeres. Por eso el 8M no se celebra: se conmemora.
Cada 8 de marzo conviene volver al sentido profundo de esta fecha, especialmente en tiempos en que su significado puede diluirse entre felicitaciones vacías, gestos simbólicos y mensajes que olvidan su dimensión histórica, política y social.
El 8M no se celebra: se conmemora.
Se conmemora porque hubo un tiempo en que las mujeres no podíamos votar, no podíamos participar plenamente en la vida política, no accedíamos en igualdad de condiciones a la educación, al trabajo digno ni a los espacios de decisión. Se conmemora porque muchos de los derechos que hoy parecen naturales fueron, durante décadas, negados, cuestionados o restringidos para nosotras.
Poder votar, estudiar, ejercer una profesión, opinar en lo público, aspirar a cargos de liderazgo, reclamar igualdad y construir autonomía no fue una concesión generosa de la historia. Fue el resultado de luchas largas, persistentes y profundamente valientes. Detrás de cada avance hubo mujeres que enfrentaron exclusión, desprecio, ridiculización, violencia e invisibilización por atreverse a exigir algo tan básico como el reconocimiento de su plena humanidad.
Por eso el 8 de marzo no puede reducirse a flores, descuentos o frases bonitas. No es una fecha ornamental. Es una jornada de memoria, conciencia y reivindicación. Recordar el origen de esta conmemoración también implica reconocer el costo que otras mujeres pagaron para que hoy podamos ejercer derechos que con demasiada facilidad se dan por sentados.
Si hoy podemos votar, estudiar, trabajar, investigar, crear, liderar, escribir y participar de la vida pública, es porque antes hubo mujeres que se negaron a aceptar el silencio, la dependencia y la exclusión como destino. Hubo mujeres que marcharon, reclamaron, debatieron, denunciaron y abrieron camino en contextos que les eran profundamente adversos.
Y ese es quizás uno de los mayores desafíos del presente: no olvidar. Porque cuando un derecho se normaliza, muchas veces también se borra la memoria de la lucha que lo hizo posible. Y cuando se olvida la historia de una conquista, se debilita la capacidad de defenderla frente a los retrocesos.
Conmemorar el 8M no es mirar al pasado con nostalgia. Es mirar el presente con lucidez. Es entender que la igualdad real sigue siendo una deuda allí donde persisten la violencia machista, la discriminación, la brecha económica, la sobrecarga de cuidados, la falta de representación equitativa y las barreras que todavía limitan la vida de millones de mujeres.
En Somos Mujer Digital asumimos esta fecha desde la memoria y desde el compromiso. Conmemorar es nombrar la historia, reconocer a quienes abrieron camino y sostener una mirada crítica sobre las desigualdades que permanecen. También es afirmar que los derechos de las mujeres no son un privilegio ni una concesión: son conquistas que deben cuidarse, defenderse y ampliarse.
El 8 de marzo no celebramos una comodidad. Conmemoramos una lucha. No repetimos una consigna vacía. Reafirmamos una responsabilidad.
Porque los derechos que hoy ejercemos no siempre estuvieron ahí. Y porque cada uno de ellos tiene detrás la valentía de otras mujeres que resistieron para abrirnos paso.
