En tiempos de retrocesos en los derechos de las mujeres, distinguir a un aliado desde una organización femenina no es una concesión: es una declaración de principios sobre la corresponsabilidad en la igualdad.
Por: Alexandra Patiño
Somos Mujer
Confieso que cuando escuché el nombre de Rubén Farje para recibir una distinción en un espacio históricamente dedicado a visibilizar el liderazgo de las mujeres, experimenté una mezcla de sorpresa y reflexión.
No por desacuerdo.
Sino por lo profundamente simbólico del gesto.
En un momento global y regional donde los derechos de las mujeres enfrentan resistencias, retrocesos normativos y discursos negacionistas, cada acto público tiene una lectura política inevitable. Más aún cuando proviene de organizaciones que han hecho de la defensa de la igualdad su razón de ser.
Por eso, reconocer a un hombre no podía — ni debía — leerse en clave superficial.
El peso del contexto
Vivimos tiempos en los que hablar de igualdad vuelve a ser incómodo para algunos sectores.
Se cuestionan políticas de género.
Se caricaturizan los feminismos.
Se intenta reinstalar la idea de que los derechos de las mujeres son privilegios.
En ese clima, las organizaciones de mujeres no solo resisten: también construyen pedagogía social.
Y la pedagogía no se ejerce únicamente denunciando desigualdades, sino mostrando rutas posibles de transformación.
El significado del reconocimiento
La distinción otorgada por FEMUPERP al representante de la Organización de los Estados Americanos en Panamá no respondió a una lógica protocolar vacía, sino a una trayectoria vinculada a la cooperación, la institucionalidad democrática y la articulación de agendas hemisféricas donde la igualdad de género ha ido ganando centralidad.
Con más de tres décadas de ejercicio profesional, gran parte de ellas dentro del sistema interamericano, su trabajo ha estado ligado al derecho internacional, la mediación y la diplomacia institucional. Espacios desde los cuales también se impulsan marcos de derechos humanos que reconocen la equidad de género como principio transversal.
Pero más allá de la hoja de vida, lo relevante era el mensaje.
Reconocer aliados no desplaza protagonismos
Una de las tensiones históricas dentro de los movimientos por la igualdad ha sido cómo vincular a los hombres sin que ello signifique recentrar el poder.
La respuesta no está en excluir, sino en redefinir roles.
Reconocer a hombres aliados:
• No sustituye el liderazgo de las mujeres.
• No diluye las luchas históricas.
• No relativiza las brechas existentes.
Lo que hace es visibilizar que la transformación estructural requiere corresponsabilidad.
Porque las desigualdades de género no se desmontan solo desde quienes las padecen, sino también desde quienes deciden cuestionar los privilegios que las sostienen.
La diplomacia como espacio estratégico
Cuando la agenda de igualdad entra en los espacios diplomáticos y multilaterales, deja de ser un tema sectorial para convertirse en un asunto de gobernanza democrática.
Las representaciones nacionales de organismos internacionales cumplen un rol clave:
• Articulan cooperación técnica.
• Promueven estándares de derechos humanos.
• Impulsan programas institucionales.
• Inciden en políticas públicas.
Reconocer liderazgos en esos espacios es también reconocer que la igualdad se disputa — y se construye — donde se toman decisiones de alcance estructural.
La reacción pública: un termómetro social
Las publicaciones del acto reflejaron comentarios mayoritariamente positivos.
Habla de una comunidad que no percibe el reconocimiento como una concesión, sino como un gesto coherente.
Cuando la audiencia valida, suele ser porque identifica autenticidad en la trayectoria reconocida y legitimidad en quien otorga la distinción.
Lo que este gesto nos dice
Más que una excepción, este reconocimiento abre preguntas necesarias:
• ¿Qué lugar ocupan los hombres en la agenda de igualdad?
• ¿Cómo se construyen alianzas sin perder centralidad política?
• ¿Cómo se reconoce el compromiso sin caer en simbolismos vacíos?
La igualdad real no se construye en soledad.
Un mensaje en tiempos complejos
En un mundo donde aún predominan estructuras hegemónicas masculinas, distinguir a un hombre no es contradictorio cuando su trayectoria ha contribuido a desmontarlas.
Al contrario, es un recordatorio de que la lucha por los derechos de las mujeres también necesita interlocutores, aliados y corresponsables dispuestos a asumir costos políticos dentro de sus propios espacios de poder.
Porque transformar la cultura no es tarea de un solo género.
Reconocer a un hombre desde una organización de mujeres, hoy, no es un gesto neutro. Es una declaración política.
Una que afirma que la igualdad no excluye, pero tampoco renuncia.
Que convoca, pero no cede su centro.
Y que entiende que los cambios duraderos se construyen ampliando la coalición sin perder la memoria de la lucha.

Totalmente de acuerdo<, no creemos y, por lo tanto rechazanos el desfasado machismo aún vigente en nuestra sociedad, Los dos sexos tienen idénticas virtudes y capacidades y cada quien demuestra sus cualidades excepcionales y me congratulo por eso. Cordial saludo y hasta pronto. Franklin.
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