Una pollera de gala roja, zurcida y calada, conserva más de un siglo de historia. Fue confeccionada artesanalmente por una madre y su hija, y hoy Rosemarie Acosta Lugo custodia esta joya familiar que representa el talento de las mujeres y la riqueza de la tradición panameña.

Hay prendas que trascienden el tiempo. No solamente por su antigüedad o belleza, sino por las historias que guardan, las manos que las crearon y las generaciones que han tenido el privilegio de conservarlas.
En Chiriquí, una de esas historias permanece viva a través de una pollera de gala roja, zurcida y calada, con aproximadamente 102 años de antigüedad. Una pieza artesanal que nos transporta a las primeras décadas del siglo XX y nos permite reconocer el talento, la paciencia y la dedicación de las mujeres que hicieron de la confección de la pollera una expresión de identidad cultural.
Esta no es únicamente la historia de un traje típico panameño. Es también la historia de una madre y una hija que unieron sus conocimientos y habilidades para confeccionar una pieza que ha sobrevivido a más de un siglo: Estefanía Bonaga Montenegro, cariñosamente conocida como Abue Tefa, y su madre.
Hoy, esta joya familiar es conservada por Rosemarie Acosta Lugo, descendiente de aquella tradición y responsable de mantener viva su memoria.
El arte de una pollera centenaria
La pollera roja zurcida y calada es una de las expresiones más elaboradas del trabajo artesanal presente en el vestuario tradicional panameño.


Su confección reúne dos técnicas que requieren una extraordinaria destreza manual. El zurcido consiste en rellenar los motivos decorativos mediante puntadas minuciosas, dando forma a diseños florales y ornamentales. El calado, por su parte, exige retirar cuidadosamente determinados hilos de la tela para crear espacios y figuras decorativas.
Cada detalle representa horas de trabajo, precisión y paciencia. No se trata simplemente de coser una prenda, sino de construir una obra textil en la que cada puntada tiene un propósito.
En aquellos años, estos conocimientos se transmitían de generación en generación. Las maestras costureras compartían sus experiencias en talleres y espacios de encuentro. En San Juan de Chiriquí, los talleres vinculados a la familia Vargas formaban parte de ese ambiente en el que numerosas mujeres, amigas y amantes del folclore panameño, se reunían para aprender, crear y preservar las tradiciones.
En ese contexto se sitúa el trabajo de Estefanía Bonaga Montenegro y su madre, quienes dejaron en esta pollera el testimonio de su talento artesanal.
Estefanía Bonaga Montenegro: una matrona que dejó huella
Para conocer el significado de esta herencia es necesario acercarse a la vida de Abue Tefa.
Estefanía Bonaga Montenegro representó a las matronas de antaño: mujeres creativas, de carácter, conocedoras de las costumbres y comprometidas con la transmisión de los saberes familiares.
Su creatividad no se limitaba a las labores artesanales. Era una apasionada narradora de cuentos y fábulas, especialmente de las historias de Tío Conejo, que relataba con picardía, ingenio y un particular sentido del humor.
Tenía una manera muy especial de anunciar que comenzaba un nuevo relato: hacía sonar sus dedos, como si pasara las páginas de un libro imaginario. Sus nietos esperaban aquellas narraciones que podían prolongarse hasta que llegaba la frase que anunciaba el final de la jornada:
«¡Bueno, ahora a dormir!».
También conservaba conocimientos tradicionales relacionados con el cuidado del cuerpo y la preparación de elixires. Su manera de vestir reflejaba una elegancia discreta: cambiaba de ropa hasta tres veces al día, prefería los colores lisos y los vestidos con bolsillos, llevaba el cabello recogido en moños o trenzas y utilizaba sandalias cómodas. Para las ocasiones especiales elegía vestidos con encajes, botones forrados y mangas hasta los codos.
Era una mujer de detalles sencillos, imaginación extraordinaria y profundo arraigo a las costumbres chiricanas.
María Crecencia y los recuerdos de una familia
La memoria de Estefanía también permanece en los relatos de su hija, María Crecencia, abuela de Rosemarie, y en las experiencias familiares que han pasado de una generación a otra.
El fogón de leña, los corozos de palma cubiertos con hojas de guayaba, la miel mesabe, el queso chiricano, los frijoles y el tasajo forman parte de aquellos recuerdos que evocan una época en la que la familia era el centro de la vida cotidiana.
Las voces de las abuelas organizando las actividades, los nietos corriendo de un lado a otro y los preparativos para los paseos de verano dibujan una estampa de la vida familiar chiricana.

Horconcitos, Las Lajas y las tradicionales excursiones a la playa reunían a tíos, primos e hijos. Cada primero de enero, un autobús los llevaba a compartir una jornada en la que nunca faltaban las viandas y las exquisiteces preparadas por las tías Doty, Lelys y Neya.
También estaban los encuentros alrededor del béisbol nacional, las visitas a la panadería de don Lolo y las tardes lluviosas en casa, cuando había tiempo para escribir, pintar, coser y disfrutar de un té de paja de limón acompañado de unas torrejas.
Era una vida en la que las tradiciones se transmitían de manera natural: en la cocina, en las conversaciones, en los paseos y en las historias que pasaban de una generación a otra.
Una herencia que continúa en manos de Rosemarie Lugo
La historia de esta pollera no terminó con las mujeres que la confeccionaron.

La pieza llegó a manos de Rosemarie Acosta Lugo como herencia familiar, y hoy permanece cuidadosamente resguardada en un baúl. Su propietaria la exhibe en ocasiones especiales, permitiendo que otras personas conozcan y admiren una obra artesanal que ha logrado conservarse durante más de un siglo.
Para Rosemarie, custodiar esta pollera significa mantener un vínculo con sus raíces y con las mujeres de su familia que dedicaron su talento a preservar una tradición.
Su conservación adquiere especial importancia en una época en la que resulta fundamental reconocer el valor de los conocimientos artesanales y de las piezas que testimonian la evolución del vestuario tradicional panameño.
Una historia que merece ser contada
Aproximadamente 102 años después de su confección, esta pollera roja zurcida y calada continúa contando su historia.
En sus hilos permanece el trabajo de una madre y una hija. En su antigüedad, el testimonio de una época. En su conservación, el compromiso de una descendiente que comprende que las herencias culturales merecen ser protegidas y compartidas.
Estefanía Bonaga Montenegro dejó cuentos, enseñanzas, recuerdos y una manera particular de vivir las tradiciones. Junto a su madre, dejó también una obra artesanal que hoy permite acercarnos al talento de las mujeres que contribuyeron a mantener vivo el arte de la pollera.
Rosemarie Acosta Lugo tiene hoy la responsabilidad y el privilegio de preservar esa memoria.
Porque una pollera centenaria no es solamente una pieza del vestuario tradicional panameño. Es historia familiar, patrimonio artesanal y memoria cultural.
Una madre y una hija la crearon con sus manos. Más de un siglo después, otra generación la conserva para que su historia siga siendo contada.
Créditos editoriales
Investigación y relato familiar: Rosemarie Acosta Lugo.
Redacción y desarrollo editorial: Alexandra Patiño, en colaboración con ChatGPT (OpenAI).
